El nuevo estadio Quisqueya debe ser construido no solo para jugar pelota
República Dominicana necesita un estadio, pero no como mucho creen
Thank you for reading this post, don't forget to subscribe!La reciente serie de MLB en México volvió a poner un tema sobre la mesa que en República Dominicana se comenta desde hace años: el país produce talento de Grandes Ligas, pero no tiene un escenario moderno para recibir ese nivel. La discusión, sin embargo, no puede quedarse en “construir un estadio”. Tiene que avanzar hacia algo más complejo: construir un negocio sostenible.
República Dominicana no necesita un estadio para llenar un calendario de beisbol. Necesita una infraestructura que funcione los 365 días del año. El modelo actual del Estadio Quisqueya Juan Marichal responde a otra época. Funciona para LIDOM, pero no para una industria del entretenimiento que hoy exige espacios multifuncionales, ingresos diversificados y gestión profesional.
Según datos de la industria deportiva en Estados Unidos, la construcción de un estadio de beisbol de ligas menores de alto nivel (Triple A) puede oscilar entre 80 y 150 millones de dólares, dependiendo del diseño y la capacidad. No es una cifra imposible para una alianza público-privada bien estructurada, pero tampoco es un gasto que pueda justificarse solo con juegos de octubre a enero.
Ahí entra el cambio de enfoque. El beisbol no es el negocio. El negocio es el estadio. Esa es la verdadera máquina de producir dinero. Se trata de entender que hay “algo más que los 27 outs”. La gente no solo consume el juego: consume experiencia, ambiente, historia.
En mercados como Dallas, el propietario de los Cowboys, Jerry Jones, transformó su estadio en un centro de eventos permanente: conciertos, convenciones, ferias y experiencias corporativas. El beisbol, en ese esquema, sería solo una parte del calendario.
Un modelo de negocio, no un gasto público
El error más común en este tipo de discusiones es pensar que el Estado debe financiar completamente la obra. En la práctica, los proyectos modernos funcionan bajo esquemas mixtos: inversión privada, incentivos fiscales, concesiones de operación y participación estatal en infraestructura base.
En República Dominicana, esto implicaría diseñar un modelo donde el terreno, accesos viales y facilidades públicas sean responsabilidad del Estado, mientras que la construcción, operación y explotación comercial recaigan en un consorcio privado. Ese consorcio tendría que pensar el estadio como un activo productivo, no como un símbolo.
El ingreso no vendría solo de la taquilla. Vendría de suites corporativas, derechos de nombre, alquiler de espacios, eventos internacionales, ferias, conciertos y turismo deportivo. En otras palabras, el estadio tendría que trabajar incluso cuando no haya beisbol.
Aquí entra un punto sensible: el nombre. El Estadio Quisqueya Juan Marichal no se toca. Es identidad. Es historia. Pero eso no impide desarrollar un modelo comercial inteligente. En MLB, por ejemplo, el Dodger Stadium ha integrado patrocinios en áreas específicas sin alterar su nombre histórico.
Ese mismo modelo podría aplicarse en República Dominicana. El estadio seguiría siendo Quisqueya Juan Marichal, pero el terreno podría tener un naming comercial, por ejemplo: “BHD Field at Quisqueya Juan Marichal”. Eso permite generar ingresos sin romper el vínculo cultural del fanático.
Administración y uso: adaptar lo que ya existe
El modelo de administración actual —dos años para Licey, dos para Escogido— puede mantenerse como base cultural, pero dentro de una estructura más amplia y profesionalizada. No se trata de eliminar lo que funciona, sino de integrarlo en un sistema mayor.
Ese sistema requeriría una entidad operadora independiente, con criterios empresariales claros, metas de rentabilidad y transparencia en la gestión. El beisbol seguiría siendo el corazón, pero no el único motor.
Hay un dato que obliga a tomar esta conversación en serio: República Dominicana es uno de los principales exportadores de talento hacia MLB. Sin embargo, no capitaliza ese posicionamiento a nivel de infraestructura ni de eventos internacionales. Esa brecha es económica, no deportiva.
Cerrar esa brecha no pasa por construir un estadio para 20 mil personas. Pasa por diseñar una plataforma que genere ingresos, atraiga inversión y proyecte al país como destino deportivo. Si no se entiende así, el proyecto nace limitado.
Y ahí está la clave. El país no necesita solo un estadio nuevo. Necesita entender que el estadio, bien pensado, puede convertirse en uno de los negocios más sólidos del deporte dominicano.